REMEMBERING PITIS

8 de diciembre de 2008

Algunos lo saben ya, pero lo digo ahora, para los asiduos de este modesto blog. Durante casi (cuento con los dedos) diez años, trabajé de cartero por las calles de Madrid. Desde los 25, más o menos, hasta casi los 40, con un periodo de excedencia en medio para intentar asentarme en el mundo de las letras, con un éxito fácilmente descriptible. Entonces me pareció una época horrorosa, mientras el mundo medraba y triunfaba en torno, pero hoy miro ese tiempo con nostalgia. En el fondo, fue muy divertido. Quizás un día escriba algo sobre eso; puede que no quedara mal. Las persecuciones de los perros, la entrada en prostíbulos para entregar un certificado, los albaricoques que me daban las monjas cuando pasaba por su puerta, las firmas en casa de los ricachones y diez minutos después en la de los pobres de pedir. Fue curioso, sí.

De vez en cuando, me acuerdo de aquellos días en que repartía por el barrio de Peñachica. Peñachica, ya lo habrá supuesto alguien, está al lado de Peñagrande y esto fue a los inicios de mi carrera postal. Había asentado allí un poblado chabolístico gitano (infinitamente menor que la Celsa, las Barranquillas o la Cañada Real, pero chabolismo al cabo) y yo llegué allí, el primer o segundo día, con mi carrito y un envío para un tal Heredia. Aquello era un caos de casuchas y barro y le pregunté a un señor muy serio que, vestido de negro y con una garrota entre las piernas, estaba sentado al sol en una sillita. El primero al que encontré.

—¿Conoce usted a Rafael Heredia? (me parece que ése era el nombre).
—Depende. ¿Para qué lo quiere saber?
—Soy el cartero. Vengo a traerle un giro (ése era, en efecto, el envío que llevaba, 30.000 pesetas, procedente de no sé qué organismo de Integración Social).

Para mi sorpresa, el hombre aquel se identificó como el propio Rafael Heredia. “Pues tenga usted la pasta”, le dije, y se la solté. Recuerdo que era julio y estaba sudando (yo). El hombre levantó la vista del parné y se me quedó mirando. “¿Mucho trabajo?”, me preguntó. “Pues sí. Me parece que voy a parar un poco a echarme un cigarrito. ¿Quiere usted?”, y le ofrecí la cajetilla para que cogiera uno. El hombre se me quedó mirando y luego, muy lentamente, tomó uno de los Fortuna que le ofrecía. “Tenga usted fuego”, le dije. Y nos echamos un cigarrito.

Recuerdo que dos o tres personas se asomaron a la puerta de sus chabolos y se quedaron mirándonos desde allí. Muy fijamente. Parecía extrañarles mucho eso de que aquel señor de negro, garrota y sombrero (se me había olvidado decir esto del sombrero) estuviera fumándose un cigarrito conmigo.

El poblado ya se ha derruido y la gente ha sido realojada. Decían que eran chungos, pero yo, desde luego, no tengo queja de ellos. Todo lo contrario. Era entrar en el poblado y la gente saludarme muy atenta. “Carterito, ¿quieres un café de puchero?”. “No, gracias, señora, que luego no duermo”. “Hola, cartero”, “¿qué hay, cartero?”, los niños corrían delante de mí. “¿Qué tal, amigo? — me preguntaba Rafael Heredia desde su sillita—, ¿hay algo para mí?”,. “No, hoy no hay nada”. “Bueno, pues adiós, otro día será. Y ya sabe, si nesecita algo…”

Ya que estoy en rememoranzas, recuerdo que desde allí, según el plano que me habían dado en la cartería, comenzaba el camino a la estación de Pitis. “No hace falta que vayas a diario. Una vez a la semana está bien”, me dijo el jefe. “Ah, y cuando vayas vete con cartera, no con carro”. “Qué raro es todo esto”, pensé, pero un jueves llegó, por fin, el día de subir a la estación. “Ahí vamos, Pitis”, recuerdo que me dije, ajustándome la cartera. “Sitios peores he repartido”. Y eché a andar por un camino de arena.

Su puta madre.


Era julio, no sé si ya lo he dicho, y a la hora o así de estar caminando por aquella vereda desértica el horizonte comenzó a nublarse ante mi vista por efecto del calor. Unos extraños pájaros daban vueltas sobre mi cabeza. Vi un par de cráneos vacunos en la cuneta del camino. Vi los restos de mi antecesor en la sección, que un día no había vuelto del reparto y todo el mundo daba por supuesto que había regresado inopinadamente a su pueblo de Galicia. Oí, y vi, a un coyote aullar sobre una roca. Una serpiente, un crótalo, pasó arrastrándose a unos centímetros de mis pies.

Bueno, estoy exagerando un poco. Pero lo que sí es cierto, rigurosamente cierto, es que cuando al cabo de una hora de camino llegué a Pitis, justo entonces, una bola de maleza pasó rodando sobre la arena frente al edificio de la estación, única construcción en kilómetros a la redonda. Recuerdo que me quedé atónito y luego comencé a reírme. Sudoroso, sediento, fatigado.

De cartero se vivían momentos muy divertidos.

RETV

19 comentarios:

Flor de Cactus dijo...

Recuerdo con cierta nostalgia, las anécdotas que contabas en tu primera época de cartero, aventuras y desventuras que nos hacían pasar tan buenos ratos. Pero por encima de todas ellas, siempre ha estado la inefable Pitis, yo creo que forma parte de la leyenda.

Formidable la foto que has elegido para ilustrar tu entrada, parece el Monument Valley de John Ford, casi nada...
Un abrazo viejo amigo.

www.adjetivos.spaces.live.com dijo...

Me he pasado una hora leyendo, o disfrutando. Volveré, no lo dudes..
Un saludo.
Lo.

Raúl dijo...

Te veo. Si cierro los ojos y me pongo a imaginar, te veo en medio de las peripecias que por mor de aquel tu oficio, tuviste que pasar.
No hace demasiado, en un programa de televisión, siguieron cámara en mano a un cartero que debía de frecuentar poblados como el que describes. La vida misma, oye.

Marta Sanuy dijo...

No sé por donde empezar del montón de cosas que me sugieres.

Empezaré por mi hartazgo de escritores de salón, por el vacío que rezuman esas historias escritas desde el aislamiento intelectual más selecto. Hay demasiados escritores que no tienen ni idea de lo que contabas en una entrada anterior sobre la importancia del oído para la escritura, y se les nota. En fin, que creen que con una sola cabeza se puede decir algo, y así nos va. ¡Buena le hubiera ido a Cervantes o al anónimo autor del Lazarillo si se hubieran quedado en casa, en la cátedra o en el instituto.

Yo recetaría para formarse como escritor pasar por cuatro o cinco "oficios" por lo menos. También es recomendable pasar por varias clases sociales y atragantarse con todas ellas.

Hace unos días me acordé de aquello que decía alguien y que sabemos muchos, que el realismo es muy caro porque hay que pasar muchas horas en la calle a la caza y captura.

Seguiré con algo que me gusta repetir: cada vez soy más clasista, de clase baja claro.


Yo he trabajado de gasolinera los dos últimos años los fines de semana. Por ahí quedan hermosos rastros:

Bea diciendo que el estómago es triste.

-No que el dolor de estómago te pone triste, no, ¡que el estómago es triste!

Una gitanilla preguntando que dónde estaba la maquina de llamar.

O los dos adolescentes hablando de música clásica:

-A mi me gusta pero no mucho
-A mi también pero no para oírla.

Esas las mejores, pero hubo muchas más.

Te dejo que viene Maribel, mi cartera, no sólo es una Filóloga con mayúsculas, es la mejor y más arrebatada viajera.

Puestos a buscar "negros" con buenas anécdotas, cuando estoy vaga, y me pongo intelectual y me quedo en casa ¡venga mi cartera!

Reyes dijo...

jajajajajajajajaajajajajajajajajaja...eres genial... y no digo más nada , pa qué...
Cómo disfruto de tus textos!
Cualquier día mi madre llama al psiquiátrico por las risotadas que lanzo cuando te leo....
Besos .

El Hombre Blanco dijo...

¡Qué Buena la historia de Rafael Heredia! Se podría sacar un buen relato de eso. Coincido plenamente con Marta: la auténtica literatura se cuece en los barrios más bajos y en la mucha vida que se ha vivido
Un abrazo

Ángel Gasóleo dijo...

El dinero es una llave que todo lo abre -a las pruebas me remito-. Sigue tentándonos con estos posts, Miguel, y a ver si nos vemos pronto.
Un abrazo

Pedro de Paz dijo...

Quizá, en alguna ocasión, le hayas llevado alguna carta a Flores, el gitano, el amigo de Cortés.

Es más que probable. ;-)

Abrazos,
Pedro de Paz

Jesús Alonso dijo...

Tengo un amigo que decía que le hubiera gustado ser cartero y andar por los caminos silbando una alegre tonada. Cartero y reponedor buen curriculum para un escritor de raza, para subirse a los andamios del alma. Lo de la gasolinera de la Sanuy tampoco está mal, eh. Un abrazo cordial y obrero.

conde-duque dijo...

Muy bueno...
Estoy de acuerdo con lo que dice Marta Sanuy. La vida está en la calle, y la mejor literatura es la que sabe captar la vida. La otra nace ya muerta.

el pasado que me espera dijo...

Tienes una forma de narrar tan visual, que es fácil trasladarse contigo a tus historias.Un placer leerte, como siempre.

Reyes dijo...

Miguel , después de lo que aquí cuentas sobre los empleos que uno va teniendo y su relación con la literatura ,o lo comento o reviento;
Anoche vi una película llamada "Factótum ", en DVD , el director es un noruego llamado Ben Humer o algo así , el actor principal es Matt Dillon con parches en la cara y el guión es una novela de Bukowski.
Es GENIAL , el tío tiene un montón de empleos y las reflexiones que va haciendo sobre el oficio de escritor no tienen precio , a mi por lo menos me ha encantado.
Claro que tratándose de Bukowsi, hay que contar con el alcohol , que va destruyéndole casi tanto como el empeño de su autenticidad vital.( y la adicción al "coño " , claro ).
Pero aparte de eso, es muy apropiada, podría ilustrar tu magnífica entrada .
besos.

Miguel Baquero dijo...

FLOR DE CACTUS: En efecto, la leyenda de Pitis. Qué buen título para un libro. Sobre la foto, sí, se paree al Monument Valley, pero te puedo asegurar que es la calle Ramón Gómez de la Serna, justo donde empezaba la vereda hacia la estación.

LO: Muchas gracias por la visita. Esta es tu casa, encantado de que te dejes caer por aquí. Te he devuelto la cortesía pero no me ha resultado fácil poner un comentario en tu blog.

RAÚL: Ya te digo, la vida misma. Me alegro mucho de que mi historieta te haya resultado tan sugerente. Gracias.

MARTA SANUY: A mí tampoco me gustan los escritores apolillados, gente a la que no le ha dado el aire en su vida (y se nota mucho). Huelen como a cerrado y secretan una prosa rancia como de registro de la propiedad. Cuanto más leo más voy notando en según que escritores ese olor a vela quemada, que decían los romanos. Muy bueno lo de "me gusta la música clásica pero no la oigo".

REYES: Me alegro mucho de que te gusten mis historietas y tomo nota de tu recomendación, como de esa otra que me hiciste del finlandés y el Dulce suicidio en grupo. Plastilini o algo así.

EL HOMBRE BLANCO: Pues la anécdota es completamente verídica. Heme allí con el patriarca del poblado, fumando un cigarrito y refundando el capitalismo que ríete tú de Sarkozy.

ÁNGEL: A ver si nos vemos,amigo, que tenemos cerca de cincuenta o cien temas pendientes de hablar.

PEDRO DE PAZ: Pues, coño, justamente esta escena del poblado me venía a la cabeza cuando estaba leyendo tu novela. Gracias por hacérmela revivir con tu Flores.

JESÚS: Gracias por tus palabras, amigo, un abrazo para ti también. Respecto a lo de la tonada que dice tu amigo, bueno, pues es verdad, hay veces que vas por aí canturreando.

CONDE DUQUE: Tampoco es que yo hay llevado una gran vida. Pero yo creo, como tú, que un tipo que se ha movido toda su vida en el "mundillo" cultural pierde por completo la perspectiva y acaba por oler a cerrado.

ELPA: El placer es mío de que me visites. De verdad. Un abrazo

Juanjo dijo...

Me parece una experiencia apasionante, casi cinematográfica. Comprendo que recuerdes aquella época con cariño.

U.B dijo...

Lo de ser cartero me parece un oficio absolutamente romántico.

Anónimo dijo...

Yo vívia en Peñachica y me he sentido ofendido por tu post. Te voy a explicar los motivos:

Peñachica no era un poblado, sino un barrio de viviendas bajas, con plenas garantias de salubridad y acceso a todas las infraestructuras comunes. Vease Luz, Agua, recogida de basuras..

Por tanto infravivienda será tu PUTA CASA.

Ana dijo...

Me imagino que encuentras gratificante agrandar tu ego exagerando batallitas. En lo único en lo que se diferenciaban las viviendas de Peñachica de las de cualquier otro barrio madrileño es en que no tenían que soportar a un vecino de arriba. Por suerte. Así se ahorraban dar con alguien que prejuzga, alquien más o menos como tú.

Alex dijo...

Cierto es que durante un tiempo en pañachica habia un pequeño poblado, junto a las casas bajas de Vereda de Ganapanes, donde ahora hay un parque. Por cierto, la foto no puede estar tomada en Ramón Gómez de la Serna, más bien es el Pº de la dirección, junto a la Ventilla. Saludos!

Anónimo dijo...

No tienes ni puta idea de lo que escribes. Todo lo que cuentas es mentira. Estas engañando a la gente que te lee. He vivido en Peña Chica toda mi vida hasta los treinta y.... y después, día si día también iba de visita a ver a mis padres hasta que les expropiaron hace ya creo que 7 años.

Jamás, jamás he visto viviendo a gitanos (con todo mi respeto hacia esa gente) en el barrio. Si en las afueras. Y si los hubiera/ese eran gente normal y corriente a la par que buenos vecinos.

Peña Chica era un barrio obrero, de luchadores, de gente humilde pero buena, noble y legal. Que coño estas diciendo de chabolas. Casas bajas de gente obrera…Idiota!!!!. Casas humildes donde no faltaba de nada y mucho menos de comer. Heredia…mira, no te voy a soltar mas calificativos….payaso!!!. me da a mi que en tu puta vida has pisado Peña Chica. Si quieres hablar de algo…habla de tu puta casa que seguro, q ni tenias.

Lo que hay q oir a estas alturas. Anda, vete a la mierda.

BLOG DE MIGUEL BAQUERO